Sabio y caprichoso como el viento,
el tiempo parece que no sabe lo que hace y,
no obstante, pocas veces se equivoca.
Octavio Paz

1.- Comencemos por la filiación de este libro que lleva el título de Cárdenas por Cárdenas. En la base de la inquietud de Cuauhtémoc Cárdenas para escribir sobre su padre, creo yo que descansa un hecho incontrastable: tan cercana le es la enorme figura política que cubrió dos tercios del siglo XX y cuyo nombre cimbra todavía conciencias muy diversas, que tomar distancia y perspectiva se volvió una necesidad íntima e inevitable. Buscar explicaciones para devolverle su proporción humana resuelve parte del enigma de la fuerza de esa personalidad y de su peso simbólico en la historia y en la memoria mexicana, pero también le permite entender y explicarnos a sus lectores que la grandeza de su padre es humana, profundamente humana. Mirar al hombre extraordinario, ordenar los hechos de su vida. De entrada, entender que es, como todos lo somos, incalculable. Para eso escribir un libro que sirva de guía a otros estudios. Tal fue el propósito de Cuauhtémoc Cárdenas: describir la vida política de un hombre que escoge ser justo y ser feliz.

2.- ¿Qué escribir? Afirmaba Jorge Luis Borges que todo hombre digno de memoria “corre el albur de ser amonedado en anécdotas”. En otras palabras, que la complejidad y largueza de una vida termina siendo pasto del olvido, quedando tan sólo algunos momentos aislados, desarticulados, como la marca que dibuja el perfil integral de una persona. Apenas unos instantes vitales describen caracteres profundos. Este libro, con el signo editorial Debate del prestigioso grupo Penguin Random House, conjura esa amenaza: sin intentar ser totalizador, escribe un libro prolijo, de poco menos de 800 páginas, un útil índice onomástico y 58 fotografías, da cuenta sintética de una vida nada común. Una abreviatura: no podía ser de otro modo sino un apretado resumen de miles de días documentados, de millares de imágenes, de otros tantos testimonios. Tan grande es la cantidad de fuentes a la mano que se corría el riesgo de aventurar una obra caótica o, peor aún, de aprobar el juicio filial bajo el disfraz de ser un estudio objetivo. Afortunadamente no fue así; esta biografía tiene un signo: es, sin decirlo expresamente, la escritura de una vida entregada a la política como actividad de servicio a los demás.
Biografía política, sin duda, salpicada apenas con algunos rasgos de su vida familiar. La empresa ha sido muy difícil: decenas de historiadores hemos procurado cubrir alguno de sus episodios, con jirones de memorias o con la superabundancia de documentos escritos. Dura labor, pues es posible que se trate del hombre cuyas decisiones –derivadas de la experiencia política como revolucionario militante y luego como político confiable—hayan dibujado los rasgos del México equilibrado por las generaciones de la primera mitad del siglo XX.
Totalmente inscrito en el género biográfico, sin pretensiones estéticas ni inclinarse a los terrenos de la interpretación política ni de la conjetura, sin buscar la justificación ni la polémica, el propósito es más didáctico: Cuauhtémoc Cárdenas pone en orden, en beneficio de los lectores, lo mucho que a lo largo de casi setenta años se ha estudiado y opinado sobre el hombre y su obra. Sus fuentes son variadas, pero es legítimo que ensayara una suerte de diálogo interno teniendo como guía lo pensado por su padre Lázaro Cárdenas a través sus propios escritos autobiográficos –sus imprescindibles Apuntes, émulos de los escritos fundamentales de Benito Juárez-, su correspondencia particular, las recopilaciones de documentos públicos y privados, los archivos oficiales y los de historia oral, además de todas las muy abundantes fuentes gráficas. Las referencias más numerosas, sin embargo, son los estudios ajenos, las voces de los especialistas. Con todo, esta abundancia se ha centrado en pocas vetas de rica reflexión: la del mineral político. No como análisis sino como descripción, como aproximación a los datos duros, sin dejar escapar la idea de que la historia no es sino parte de eso que llamamos vida. Lo que este libro propone es un recuento, a veces profundo y otras poco más que insinuado, del acontecer diario y su impacto en una sola vida, lo mismo que las decisiones de un grupo pequeño de hombres –aún de un solo hombre—definiendo los destinos de toda una nación.
A lo largo de 25 capítulos, el libro es una carta de navegación por la complicada ruta de una vida con pocos momentos de ocio, cuya estructura se ensambló de la cifra de memorias, testimonios y puntos de vista. Pero tal vez lo más interesante es la mano del biógrafo Cárdenas –en oficio de demiurgo que está obligado a dar aliento vital y proporción humana a un personaje nada ordinario, al tiempo de rehuir erigirse en juez para escapar tanto de los tonos épicos como de la descalificación. Y es que el biógrafo, sentenció Robert Gittings, es un artista bajo juramento. No puede permitirse que la pasión y la imaginación desborden; debe, ciertamente, moverse entre aquello que sucedió, lo que se cree que sucedió, lo que quisiera que hubiese sucedido y lo que los lectores esperamos de la obra terminada. Esto es, para robar la frase a Vicente Quirarte, trabajar sobre el peso simbólico de hombre e historia.
Templado en su punto de vista y sin el peso de la construcción literaria sobre sus hombros, Cuauhtémoc Cárdenas no se permitió el uso de adjetivos que cargaran la simple descripción puntual: la suya no es una apología sino el dibujo posible de un hombre en constante movimiento en el entorno de un país que salía de la pura ruralidad y que se construía en el contexto del violento mundo de fascismos, comunismos y depredación imperialista.

3.-Cárdenas mira a Cárdenas a distancia. La distancia del tiempo y la del respeto debido al padre. Apenas se permite algún acercamiento personal, a manera de testigo silencioso, sin aceptar que el recuerdo se aparte de la admiración y del amor filial para volverse desgarradura.
Pero ¿por qué una biografía de uno de los protagonistas de la historia reciente más mencionados y estudiados? ¿Es una biografía más? Por supuesto, la respuesta cifra su estatura humana en relación con los difíciles hechos que poblaron su vida y le dieron su apellido a una época. En este sentido, Cárdenas, como todos nosotros, es un ser incalculable; pero a diferencia de la mayoría de nosotros, tuvo la responsabilidad y la fuerza para levantar un Estado de instituciones, defender la soberanía, no dudar de sus resoluciones. Pero el libro, me atrevo a pensar, no es una pieza más del género, destinada a sumarse al resto de la extensa bibliografía del cardenismo. No es, en fin, una obra que de por terminado el estudio del hombre ni de la época constructora del Estado mexicano que atravesó tres generaciones hasta el final del siglo XX.

4.-El recorrido de la construcción es básicamente cronológico tan sólo por favorecer la lectura. Pero los capítulos más agitados no son los de la guerra revolucionario sino los que tratan a un México distinto, el de la posrevolución. Es el escenario de un Lázaro Cárdenas pundonoroso como militar, aprendiz de la política.
Fueron, como todos, tiempos difíciles. En 1926 la República se jugó su ser revolucionario. En la mesa estaba la disyuntiva de obedecer el mandato constitucional o volverlo letra inútil y voz muerta. El riesgo nació de la práctica legal de la Constitución. El presidente Calles optó por ejercer el poder bajo el orden constitucional. El Congreso aprobó la Ley Reglamentaria de diversos artículos constitucionales. Ello trajo reacciones rudas. Por un lado, en 1926 se rompió el frágil hilo que comunicaba al Estado con la Iglesia católica; por el otro, los socios y dueños extranjeros de las 22 más grandes compañías petroleras se manifestaron en contra. En ambos casos, Iglesia y compañías petroleras, se negaron a acatar la ley. Un boicot, prensa interesada y amañada, junto con las afectaciones agrarias a los extranjeros poseedores de terrenos en lugares no permitidos o los que incumplieron contratos de colonización, desestabilizaron políticamente al gobierno del Presidente Calles. No se resolvió ninguno de estos puntos, con los tropiezos, desconsideraciones y reconsideraciones llevadas cautelosamente por los gobiernos mexicanos con sus homólogos de los Estados Unidos y Europa sino hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

5.-Julio de 1928 a noviembre de 1940. Cubre los capítulos octavo al vigésimo. Si yo pudiera calificar estos doce años de vida de Cárdenas en relación con los sucesos nacionales usaría la palabra “vértigo”. Pues vertiginoso fue el movimiento político al que perteneció y aportó su fibra.
Y es que la rueda de la fortuna de la política se movió intempestivamente. El ensanchamiento del poder que rodeó al general Calles fue rápido y contundente; a su sombra, Cárdenas fue un operador honesto y eficaz. Ello lo llevó a la Presidencia de la República. Pero, paradójicamente, el precario equilibrio entre los grupos políticos regionales estrechó los márgenes de maniobra. El choque entre el presidente Cárdenas y el hombre fuerte sería inevitable; en 1935 se confrontaría la justicia con la amistad. Su actitud en estos duros trances fue siempre la misma: leamos, si no, 1935 con el general Calles; y los capítulos 20 y 22 que tratan las sucesiones presidenciales de 1940 con Múgica y de 1952 con Henríquez Guzmán… Cuauhtémoc Cárdenas evitó involucrar sus propios juicios y dejó que fueran los testimonios, parcos como acostumbraba hacerlos, del mismo general. Saber su opinión personal, sin duda habría dado sazón a la narración, pero también le habría restado exactitud histórica a la biografía. Fue cuestión de escoger…

6.- Lázaro Cárdenas no soñó a un México socialista. No soñó al cardenismo. En una razonable autocrítica, Adolfo Gilly explicó que se cuidaría de calificar al cardenismo como una utopía. Porque le faltaba un ingrediente: las utopías primero se sueñan… Cárdenas no soñó: practicó lo que hizo público en el Plan Sexenal. Pragmatismo político que tocó muchos intereses para distribuir las herramientas de producción a campesinos, e indígenas y ser el fiel de la balanza de la relación entre los trabajadores y las empresas. No fue, como los utopistas, un sonámbulo. Su límite fue, como en otros lados del mundo, la paradoja de la historia: los hechos derrotan a las ideas. En este caso, la frontera del estado cardenista sería la realidad política mexicana. En su autobiográfico El río, Luis Cardoza y Aragón escribió que el “afán renovador del presidente Lázaro Cárdenas confirmaba su solidez con actos reales nobilísimos”. No soñó porque da la impresión de que no dormía. Como presidente de la República no descuidó ningún flanco. Recorrió hasta el ángulo más agudo de la geografía nacional con el fin de resolver los problemas de los más indefensos o de las víctimas de las injusticias.
No haré referencia de los asuntos más conocidos del florecimiento cardenista y del llamado “renacimiento mexicano”. Baste decir que Cuauhtémoc Cárdenas dedicó seis capítulos y cerca de 125 páginas del libro para reseñar la compleja obra de seis años del gobierno de Lázaro Cárdenas. No pocos nudos gordianos fueron desatados con prudencia y paciencia; ninguno, o casi ninguno, cortados a la manera de la leyenda alejandrina: en este caso sí costaba más cortar que desatar. Con demasiada recurrencia se ponía en tela de juicio la aplicación de los artículos 3º, 27, 123 y 130; y en cualquier caso, Cárdenas optó por la solución que beneficiara a los más. El lector juzgará; yo quedé sin aliento al leer el abanico abierto de asuntos, problemas, proyectos, programas y el estilo personal de llevarlos a cuestas con optimismo y sin descanso. También queda en mi ánimo una lección: la estatura del estadista se mide con el rasero de la justicia, en este caso de la justicia social. Con rapidez vertiginosa se lee sobre su presencia ante los henequeneros yucatecos a sus giras que duraban semanas, del valle del Yaqui al diálogo con los jornaleros de La Laguna, de escuchar a los peones de las viejas haciendas a recibir a los obreros de las petroleras, de preocuparse por las movilizaciones y huelgas –centenares cada año– que buscaban desestabilizar su gobierno a la busca de salidas en lo posible honorables para los desafectos militares o a la fundación de escuelas para hijos del Ejército –entendido éste como un cuerpo de ciudadanos armados y no como casta–, de la presión de la prensa y de las agrupaciones conservadoras hasta la confrontación con los extremismos a la derecha y a la izquierda. El libro relata igualmente la mucho más satisfactoria constitución de instituciones que impulsaran derechos humanos, los derechos igualitarios de las mujeres, el impulso a las universidades y la fundación del Politécnico, la creación del aparato para resguardo del patrimonio histórico, arqueológico y antropológico y la creación del Museo Nacional de Historia al abrir al pueblo de México el hasta entonces vedado Castillo de Chapultepec. Campañas, comisiones, tareas, instrucciones que convocaban e involucraban a maestros y estudiantes, a médicos e ingenieros, a obreros y empleados, a amas de casa y a dirigentes convencidos de que la cooperación engrandece más que la astucia individual.
Las relaciones con el resto del orbe son tratados con claridad. Sobresale, por supuesto, la postura mexicana en favor de la república española, la recepción de los exiliados de España y de los perseguidos políticos, el asilo a León Trotsky y su asesinato, el torpe trato del ministerio de relaciones exteriores británico y su soberbia colonial que causó el retiro de los representantes de ambos países, en un acto que se presenta como un monumento a la estupidez y la incompetencia del responsable inglés, la preocupación por el agresivo avance fascista y la floja reacción diplomática europea
Ni sus actos ni su gobierno fueron perfectos, por supuesto, como nada de mano de hombre lo ha sido. Mario Vargas Llosa, desencantado de las utopías y a veces áspero en su escepticismo de cualquier bondad humana, escribió con razón que “no existe una solución para nuestros problemas, sino muchas y todas ellas precarias”.

7.-La vida de un expresidente mexicano puede ser desesperante. La casi inactividad corta de tajo la ebullición de gestos de poder, actos cívicos, honores, decisiones, giras, apoyos. Una suerte de castigo antiguo –el ostracismo—forma un vacío a su alrededor. Es el regreso a ser el hombre común..
No para Cárdenas. Aunque decidido a no participar más en la política electoral, su idea de trabajar por México lo llevó, en más de una ocasión, a salir a la palestra pública y desmentir rumores, afirmaciones falsas y provocaciones mal intencionadas. Notable el relato del final del sexenio de Miguel Alemán, de los malos espíritus del reeleccionismo y de los no menos insidiosos de la incompetencia política de Henríquez Guzmán. Por aquel entonces, ya las tareas de la cuenca del Tepalcatepec y la comisión del Balsas ocuparon sus días. Lo mismo, en el periodo de su baja del ejército al cumplir 65 años, en la solidaridad con las luchas populares mexicanas y su internacionalismo. También el análisis político. No sobra la lectura de su largo apunte a propósito del sesenta aniversario de la Revolución en 1970 –a conmemorarse un mes después de su muerte–: es, como bien se ha calificado, su testamento. Vida política y social, endeudamiento, educación, relación comercial con los Estados Unidos, indigenismo, agrarismo, derechos y tolerancia fueron los tópicos. No pocos de ellos todavía de actualidad.
Los dos capítulos finales dan ruda cuenta existencia de la paradoja de la historia: en la ecuación que procura alinear a las ideas con los hechos, éstos últimos son implacables. Detrás de ellos hay otras ideas –como la del macartismo y sus derivados latinoamericanos—generadas por el egoísmo de la coyuntura. No resulta extremoso afirmar que en buena parte, la inquietud social de las décadas de los 50 y 60 tenía en su raíz la falta de respeto a la ley precisamente por los encargados de hacerla cumplir. Desde el “rifle sanitario” a los presos políticos de los sexenios de López Mateos y Días Ordaz; de la indignante aceptación de esa ideología del odio del senador Macarthy a la falta de respeto a la propia palabra en la entrevista de Lázaro Cárdenas con López Mateos. Dura lección, que abre las puertas a la historia de la izquierda mexicana de la segunda mitad del siglo XX, y en la que el biógrafo Cárdenas es protagonista y testigo activo.
A pesar del tono de desencanto final por los desvíos de la obra constructiva de la Revolución a favor de intereses oscuros nacionales e internacionales, del desapego a la ley y de la práctica de gobiernos locales y el federal de desoír consejos, leer este libro nos procura la esperanza de que el esfuerzo político puede tener una causa mejor y más generosa: la de la justicia.

8.-La fábrica humana es frágil. El mecanismo biológico regresa los átomos a su elemental estado –a “vestir el hábito vegetal” con que rendimos cuentas finales, diría García Márquez. La naturaleza de las cosas señala que el tiempo lucha en su contra. Es la naturaleza de las cosas. El 19 de octubre de 1970, Lázaro Cárdenas murió, a los 75 años.
Permítaseme terminar con una reflexión que deriva de un relato que aparece en el Tratado de la República de Cicerón, titulado “El sueño de Escipión”. Algún paralelismo tiene con este libro de Cárdenas por Cárdenas: se trata del sueño que Escipión contó a su hijo Escipión Emiliano. Escipión por Escipión. Soñó con el espectro de su padre, el Africano, quien desde el más allá le mostró que el equilibrio del universo depende de las decisiones de los vivos en la Tierra. El espectro advirtió que la gloria verdadera no radica en la popularidad, en los reconocimientos, aclamaciones ni premios, muchas veces entregados a intereses particulares mustios; son corruptibles. La gloria radica en la virtud como intención justiciera, en la intención de salvar y engrandecer a la patria, a los hombres y mujeres agrupados por el “vínculo del derecho”. Lázaro Cárdenas fue, como aconsejó Escipión, un hombre justo. Así lo muestra este largo relato biográfico de su hijo. Y al igual que Escipión el viejo, legó en su hijo y en su nieto la misión de ser justos para engrandecer la patria. De ello depende el equilibrio de nuestro mundo.
Sólo que Lázaro Cárdenas no soñó a México, ni Cuauhtémoc Cárdenas soñó a su padre dictando su vida. Congruente entre lo dicho y lo hecho, el general Cárdenas tan sólo cumplió con su palabra. Y Cuauhtémoc Cárdenas puso en orden, para los lectores, la prolijidad de esa palabra. Cierro como empecé, con una idea de Octavio Paz, que al aplicarla al general y presidente me permite leer y disfrutar la lectura de este libro de historia de vida pasada con los ojos del presente y con la esperanza de la justicia posible en el futuro. Escribió el poeta de un hombre admirado: “Sencillo y recto, estaba hecho, como se dice corrientemente, de “buena madera”. ¿Qué madera: pino, caoba, cedro, encino? La madera recia de los héroes simples de espíritu, la madera de Pedro el Apóstol”.
Es posible, entonces, redondear este ejercicio de acercamiento a la biografía de Cárdenas por Cárdenas con la reflexión con la que comencé. Nos daríamos cuenta que de la íntima fuerza que este libro siembra en sus lectores sintetiza aquella frase de Lucano en traducción de Borges: “postulaba que un hombre puede tener razón contra el universo”. Y es que el tiempo pocas veces se equivoca…