Profesor de Carrera Titula ‘C’, adscrito al Departamento de Política y Cultura, DCSH, UAM-Xochimilco

El gobierno representativo moderno, desde su nacimiento, ha oscilado, en un ir y venir, entre la democracia y la oligarquía, manteniendo una fuerte tendencia oligárquica más que democrática, y sin haber podido establecer un equilibrio republicano entre instituciones democráticas y oligárquicas fundado en la justicia social y política. Lo anterior se debe no al carácter representativo de los gobiernos modernos, sino al ente que deben representar. De hecho toda forma de gobierno se ha erigido sobre la representación.

PODER Y REPRESENTACIÓN POLÍTICA

La representación es inherente al poder político. La esencia del poder es la violencia: es el impulso de vida que lleva en sí, necesariamente, la destrucción de otros seres para conservar la vida propia. El poder es impulso vital. Impulso de vida que emana del instinto de autoconservación. Por esta razón, el hombre comparte este poder con el resto de los seres vivos, pero de manera especial con los animales gregarios, pues, por no ser autosuficientes, instintivamente se asocian para preservar sus vidas, puede observarse incluso cierto orden jerárquico y cierta organización del trabajo, tal es el caso de las abejas o las hormigas. Quizá por ello Aristóteles haya dicho que “el hombre es un animal político en mayor grado que cualquier abeja o cualquier otro animal gregario.”(1) Es decir, que el hombre, al igual que los animales gregarios, por no ser autosuficiente, en tanto que individuo, está condenado a vivir bajo una estructura de poder: a dominar o ser dominado.

El hombre es más político que el resto de los animales gregarios porque las asociaciones que forma no tienen como único fin la autosuficiencia, sino que tienden a lo que colectivamente se considera es un bien: la riqueza, la igualdad, la libertad, la felicidad, etc.. Es decir, son asociaciones, sociedades, que no tienen como fin únicamente la conservación de la especie y del individuo sino también su bienestar. Por ello Aristóteles señala que el hombre difiere del resto de los animales porque además de poseer la voz posee la palabra, la cual le “sirve para expresar lo conveniente y lo nocivo, …lo justo y lo injusto; esto, en efecto, es lo propio y característico de los hombres en relación a los demás animales, a saber, el tener sensación del bien y del mal… así como de las demás cualidades de esta índole, y la comunidad de tales sentimientos da lugar a la familia y a la ciudad.” (2)

He aquí el origen de la representación política. El poder, en tanto que violencia, es el principio de asociación de aquellas congregaciones que tienen como único fin la conservación de la vida. El poder se muestra aquí al desnudo, como violencia pura, pues la vida, para continuar, exige la destrucción misma de la vida, destrucción que queda simbolizada en el acto de alimentarse. Por esto Miguel de Unamuno (3) señala que el hambre es hambre de muerte. La estructura de poder y la organización del trabajo que puede observarse en los animales gregarios tienen como único fin la conservación de la vida del individuo y de la especie. En ciertos casos, como en los lobos, se inhibe el instinto de reproducción, el macho y la hembra dominantes impiden la reproducción de los otros miembros de la jauría, quienes por instinto permanecen sometidos y unidos a ésta.

En las sociedades humanas no ocurre lo mismo, si bien es cierto que éstas tienen por principio la conservación de la vida del individuo y de la comunidad, ello tan sólo es la condición necesaria, no la suficiente. Como vimos anteriormente, Aristóteles señala que lo propio y característico de los hombres en relación a los demás animales es el tener sensación del bien y del mal y que la comunidad de tales sentimientos da lugar a la familia y a la ciudad. En efecto, cuando el hombre tiene la sensación de que la vida es un bien comienza a conceptualizarla como tal. Es entonces que la dota de atributos y, con ello, concibe una existencia diferente a la de los animales. Es entonces que da el paso de la vida instintiva a la vida cultural.
En el ámbito de la cultura la vida es arrancada de su entorno natural, esta no se reduce únicamente a un proceso biológico, sino que es concebida al lado de un conjunto de valores que regulan la convivencia en la comunidad. Son dichos valores los que permiten el ejercicio del poder político, es decir, el ejercicio legítimo de la violencia. El representante político no representa a los individuos como tales, sino a los valores éticos que hicieron posible la asociación de dichos individuos. El representante es, o debe ser, una encarnación de los valores que hacen posible la vida en comunidad, pues son éstos los que permiten el ejercicio del poder, de la violencia, con la finalidad de conservar la comunidad.

Todo poder político ha sido ejercido a través de la representación. Para ilustrar lo anterior me referiré a dos casos, a los Estados modernos y a las antiguas monarquías europeas fundadas en el derecho divino. En estas últimas, los reyes, el Emperador, el Papa, los príncipes y todo aquel que ejercía poder fue considerado un representante de Dios en la tierra. Esto simbolizó, por un lado, que el poder que ejercían no le pertenecía, ellos eran lugartenientes de Dios en la tierra, se consideraba que el poder político tenía un origen divino. Dios aparece como la fuente de todo poder. El Papa es el depositario del poder espiritual, el emperador del poder político y la misión de uno y otro fue construir una monarquía universal regida por un solo Dios y por una sola iglesia. El ritual de la coronación y el ungimiento del Emperador dan testimonio de ello. En la navidad del año 800 el Papa León III corona a Carlomagno. Trono y altar solidifican su alianza para construir la monarquía universal y la figura del rey sacerdote que guía a su rebaño por la senda del bien; el pueblo, en tanto que conjunto de ciudadanos, de hombres libres capaces de regir su propio destino, brilla por su ausencia. El Emperador recibe su poder de Dios, el Papa es únicamente el medio de transmisión. Dios gobierna a través del Emperador, de los príncipes y de los ministros de culto. El Emperador, el Papa y todo individuo que ejercía poder en la tierra representaban, personificaban, no a Dios, sino a su ley, a su voluntad, interpretada y extraída de las sagradas escrituras. De aquí emana el orden jurídico, político y moral que dio sustento a aquellas monarquías. Es el ordenamiento moral y jurídico lo que legitima el ejercicio del poder, de la violencia, de la guerra entre los distintos reinos, de la opresión contra los súbditos e incluso la tortura y los asesinatos cometidos por el Tribunal de la Santa Inquisición(4).

LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA EN LOS ESTADOS MODERNOS

En los Estados modernos la representación política es un tanto más sofisticada, porque el poder ha sido desacralizado; en consecuencia, el origen de todo poder político ya nos es Dios sino el pueblo: un sujeto ambivalente, que muestra por lo menos dos rostros a un mismo tiempo; por un lado, el de la sabiduría, es el legislador soberano capaz de conducir con prudencia su devenir histórico; por otro lado, muestra el rostro de la pobreza y la ignorancia, es la multitud insolente, incapaz de organizarse y de gobernarse a sí misma. Esta enigmática figura de pueblo es el sujeto de la representación en las democracias modernas.

Quizá Hobbes sea quien mejor describe la representación política moderna. El origen del Estado, de la sociedad política, es la violencia: el estado de guerra, donde reina el odio y la destrucción. Y lo que genera a este estado no es otra cosa que la igualdad. La naturaleza, señala Hobbes (5):

“ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más zagas de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra.”

La capacidad de matar hace a todos los seres humanos iguales. La vida es tan frágil que cualquiera, por cualquier motivo y en cualquier circunstancia, puede arrebatárnosla. El estado de guerra de Hobbes tiene por origen la igualdad y la libertad. La libertad para hacer todo lo que se desea, su único límite es el poder hacer lo que se desea.

“De esta igualdad… se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre; si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con fuerzas unidas, para despojarle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida y de su libertad.”(6)

La vida y el temor a la muerte son, para Hobbes, el fundamento de la comunidad política. En el estado de naturaleza, “cada hombre tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás. Y, por consiguiente, mientras persiste ese derecho natural de cada uno respecto de todas las cosas, no puede haber seguridad para nadie”(7). La única forma de terminar con ese estado de guerra es mediante un pacto donde se establezca que todos y cada uno renuncian a ese derecho natural que faculta al individuo a hacer todo lo que desea incluso en el cuerpo de los demás, para así transferirlo a una persona artificial: al Estado o Leviatán; y de esta manera constituir al poder político, soberano, porque el derecho que le han transferido es el derecho de guerra que cada individuo tenía en el estado de naturaleza.

El pacto supone una relación entre iguales y libres y una asociación con fines específicos y en beneficio mutuo. Es un dar y un tomar al mismo tiempo. Los contratantes renuncian a ejercer su capacidad natural de matar para obtener el propio beneficio y transfieren este derecho al Leviatán, quien, a cambio, se obliga con los contratantes a garantizar la paz y la seguridad de sus vidas y sus propiedades. Paz y seguridad son los bienes más anhelados en el estado de guerra, son los bienes que legitiman y justifican el ejercicio del poder soberano, el cual está facultado para ejercer la violencia, e incluso matar, siempre y cuando el fin sea la conservación de la paz y la seguridad de las vidas y las propiedades de sus súbditos, de sus ciudadanos, de su pueblo. Son estos bienes los que hacen posible la representación política, en consecuencia, los gobernantes deben ser una encarnación de ellos para poder representar a la comunidad. Si estos bienes comunes no existieran no habría comunidad, y el poder sería violencia pura ejercida en beneficio propio.

La violencia y el miedo a la muerte son no sólo el fundamento de la comunidad política sino también del derecho positivo. “Del mismo modo que los hombres, para alcanzar la paz y, con ella, la conservación de sí mismos, han creado un hombre artificial que podemos llamar Estado, así tenemos también que han hecho cadenas artificiales, llamadas leyes civiles, que ellos mismos, por pactos mutuos han fijado fuertemente.” (8) El derecho civil aparece como el fármaco que inmuniza a la comunidad de la violencia que la destruye. Es la dosis justa de violencia que expulsa a la violencia misma. En Hobbes, la violencia no sólo precede y sucede a la ley sino que la acompaña en todo momento, razón por la cual permite la conservación y representación de la comunidad política, pues, al igual que ésta, emana de los bienes en torno a los cuales los individuos se asociaron para conformar un pueblo.

El pacto hobbesiano simboliza el nacimiento del pueblo soberano (es el pueblo quien funda al Leviatán y el Estado es concebido como la comunidad de ciudadanos), nacido de la revolución y autor de sus propias leyes. Una revolución es literalmente un estado de guerra. La Constitución es el pacto social que funda a los Estados modernos e instituye al poder soberano y a las leyes: cadenas artificiales, que expulsan a la violencia para regular las relaciones interindividuales y, de este modo, hacer posible el ejercicio de la representación y del poder político.

LAS REPRESENTACIONES DEL PUEBLO

El pueblo es uno de los mayores enigmas de la modernidad. Es la fuente de legitimidad y el origen del poder político. Es la esencia creadora y destructora del orden político; de ahí su carácter de soberano: el soberano no está atado a su propia ley, tiene derecho hacer todo cuanto desee y pueda hacer, ya le guíe la razón o el ímpetu de la pasión, la única limitante es el poder hacer aquello que desea (9).

En las monarquías el soberano es rey o déspota, uno y otro hacen lo que desean cuando pueden hacerlo, la diferencia es que al primero le guía la prudencia, al segundo el ímpetu de la pasión. Esto, que con facilidad es observable en las monarquías, ocurre también en las democracias. El pueblo, señala Cicerón, no es “toda agrupación de hombres congregada de cualquier manera, sino la agrupación de una multitud, asociada por un consenso de derecho y la comunidad de intereses.” (10) El consenso de derecho, la ley, simboliza a la razón que rige su actuar y regula su convivencia. El pueblo, despojado de la razón, de ese consenso de derecho, queda reducido a una multitud abandonada a sus pasiones, la cual pretende gobernar mediante decretos y arruinar el ordenamiento jurídico vigente, sin darse cuenta siquiera que en ello va su propia ruina, pues el gobierno por decretos favorece a las tiranías porque permite que los déspotas gobiernen según su propio arbitrio, sin leyes y sin justicia alguna. Este “agrupamiento es tan tirano como si hubiera una sola persona, e incluso tanto más repugnante cuanto que nada es más salvaje que esa bestia que imita el aspecto y el nombre de pueblo.”(11)

El pueblo es una entidad ambivalente: amenaza al orden político al mismo tiempo que lo funda. Como plebe: plebs; es la muchedumbre, la masa, el vulgo ignorante, incapaz de gobernarse a sí mismo. Como populus es el conjunto de ciudadanos unidos por la isonomía, la igualdad en derechos y la libertad, pues está es el atributo que define al ciudadano. Por un lado es “el populacho librado a las pasiones, la muchedumbre inculta, el número amenazante, del otro, el sabio sujeto de la soberanía, la forma tranquila de la voluntad general”.(12)

El pueblo es una comunidad: común-unidad, comunión; de individuos, la cual puede adquirir dos formas, como comunidad orgánica (física o suma de individuos) o como comunidad ética. Es orgánica cuando el número es el atributo que la define, entonces deviene masa: una multitud incapaz de gobernarse a sí misma porque carece de un principio de asociación que le permita organizarse con vistas a alcanzar un fin específico. Frederic de Castillón, plasma con toda nitidez esta concepción de pueblo: “según el significado que hemos atribuido al término pueblo y que creemos es el verdadero, su nota distintiva es tener un espíritu débil y limitado. Si se le pudiera liberar de esta enfermedad el pueblo dejaría de ser pueblo, desaparecería, y creo que se acordara conmigo que eso no es posible.”(13) “Por lo tanto, debemos llamar pueblo, sin consideración al rango o a la fortuna a todos aquellos que han recibido de la naturaleza un espíritu débil y limitado… a quienes sería más provechoso ser guiados que guiarse ellos mismos aunque frecuentemente persisten en hacerlo con una tozudez invencible y funesta.” (14) Además de un espíritu débil y limitado tendríamos que agregar a sus cualidades la pobreza y la ignorancia, pues, si el número es aquello que lo define como multitud, como masa, y si la mayor concentración de riqueza y de saber se da siempre en los menos, entonces la multitud, comparada con las minorías que detentan la riqueza y la sapiencia, siempre será pobre e ignorante. En síntesis, el número es el principio que define al pueblo como una comunidad orgánica; en consecuencia, éste deviene masa, ya que carece de un principio que permita su asociación y organización y la igualdad ciudadana deviene homogeneidad, pues, si el número es lo que determina a la masa y si uno es idéntico a uno, entonces los representantes no sólo son la voz del pueblo sino el pueblo mismo, el conjunto de hombres masa que pretende gobernar por decretos en beneficio propio, bajo el falaz argumento de que gobierna en beneficio común, en beneficio del pueblo porque ellos son el pueblo. La masa y los hombres masa que la representan terminan instaurando siempre una forma de despotismo, oligárquico por lo general.

El pueblo soberano es una asociación de individuos estructurada a partir de un o diversos valores éticos: la libertad, la igualdad, la riqueza común; de un fin, de un bien que se posee de manera colectiva. En este caso el pueblo es el legislador soberano de Marsilio de Padua: “El legislador o la causa eficiente, primera y propia de la ley es el pueblo, o sea, la totalidad de ciudadanos.” (15) Se trata entonces de una sociedad de ciudadanos. Sociedad: societas; denota asociación, reunión, unión, comunidad, vida social. Asociación es, quizá, su significado más genérico y más ilustrativo. Asociación implica agrupación de individuos con un fin específico, este caso, la libertad en primera instancia. El fin que se persigue es lo que permite la integración de los individuos y éste es aquello que los integrantes de la asociación consideran es un bien que pueden poseer en común. El poder poseer en común dicho bien es la condición necesaria para la asociación. Por ello, “la asociación… hace que la vida del individuo esté en comunión con la vida colectiva.” (16) No hay contradicción entre una y otra, ambas coexisten de manera armónica.

El pueblo ciudadano no es suma de individuos, su existencia tampoco es orgánica sino ética, ya que en él las personas se integran en torno a determinados valores; razón por la cual la pluralidad es su fundamento y a partir de ella se afirma la singularidad de los individuos. Una comunidad orgánica, un pueblo en tanto que masa, multitud o suma de individuos, no admite la pluralidad, si se le dividiera dejaría de ser multitud y formaría diversas minorías, las cuales sólo si son sumadas volvería a constituir una multitud. Por ello la masa exige la disolución del individuo en la colectividad; es decir, que el individuo pierda su singularidad y exista como individuo masa. Exige la homogeneidad entre los distintos individuos que la integran para establecer la unidad entre gobernantes y gobernados, pues de esta manera el interés de los primeros coincide con el de los segundos. Los representantes, una vez electos, no tienen por qué consultar a la masa, pues ellos son la masa. El hombre masa cree que él es el pueblo.

La libertad y la igualdad respecto a los bienes que dieron paso a la comunidad de ciudadanos constituyen el fundamento de todo pueblo. “Sin libertad no existe sociedad verdadera, porque entre libres y esclavos no puede existir asociación sino sólo dominio de unos sobre los otros. La libertad es sagrada como el individuo, del que ella representa la vida. Donde no hay libertad la vida se reduce a una pura función orgánica.” (17) La asociación supone la igualdad con respecto al fin que persiguen los asociados; es decir, a los bienes que se espera alcanzar, supone también la libertad, pues todo acto de asociación es un acto libre de voluntad. Libertad y la igualdad son el fundamento de la asociación. Por ello devienen principio y fin de todo pueblo, de toda comunidad. Por ello también los representantes populares están obligados a consultar al pueblo; su labor consiste en deliberar sobre los medios y elegir aquellos que conducen al bien común, pero cuando no hay certeza sobre cuáles son esos medios, ante la incertidumbre, deben consultar a la ciudadanía, pues el ésta es un ente libre y autónomo: capaz de gobernarse a sí misma.

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA Y CONSULTA POPULAR

La democracia representativa, históricamente se ha inclinado más hacia un gobierno oligárquico que hacia uno democrático, la razón de ello reside en la concepción del sujeto que representa. En un gobierno representativo el pueblo es soberano; de él emana todo poder político pero tiene prohibido ejercer la más mínima porción de éste. Su poder nace y muere el día de las elecciones. Una vez que los representantes han sido electos popularmente éstos se asumen como el pueblo mismo, su voluntad e intereses son los del pueblo, ellos son el pueblo. Lo anterior ocurre porque el pueblo es visto no como el conjunto de ciudadanos electores sino como la masa electora; la multitud pobre e ignorante, incapaz de gobernarse a sí misma, razón por la cual requiere de un tutor que la dirija. Esto, que hoy sería inconfesable por cualquier representante popular, se plantea y debate en Asamblea Nacional de Francia, desde el origen del gobierno representativo. Antoine Barnave, en su discurso del 31 de agosto de 1791 señala: “El pueblo es soberano, pero en el gobierno representativo sus representantes son sus tutores, sólo los representantes pueden actuar en su lugar, ya que su propio interés está unido a verdades políticas de las cuales no puede tener un conocimiento claro y profundo.” (18) Sólo los representes pueden actuar en lugar del pueblo, en esta sustitución los representantes se erigen en el pueblo-masa mismo, para con ello establecer la identidad plena entre gobernantes y gobernados; es decir, la homogeneidad que termina por aniquilar la libertad de los ciudadanos, pues la libertad requiere de la pluralidad política y de la singularidad de cada ciudadano. Ciertamente en el gobierno representativo la pluralidad se desplaza a los cuerpos políticos colegiados, pero la ciudadanía es anulada, esto es lo que le imprime un carácter oligárquico, dado que se habla de representantes populares, si fuera uno solo, entonces habría una monarquía con un rey electo popularmente. Solo el Hombre Masa es idéntico a la multitud que pertenece. Él es el pueblo-masa. ‘El Estado soy yo’, dijo Luis XIV, y a semejanza de rey en el gobierno representativo los representantes suelen erigirse en el pueblo.

Las tendencias oligárquicas del gobierno representativo son expuestas magistralmente por Robert Michels: el candidato a un cargo de elección popular

“debe descender a la arena electoral con porte democrático; debe saludar a los granjeros y trabajadores agrícolas como colegas profesionales, y debe tratar de convencerlos de que sus intereses económicos y sociales son idénticos a los suyos propios… cada uno de ellos está obligado a diferenciarse de su rival mediante un movimiento hacia la izquierda; es decir, dando gran importancia a sus principios tenidos por democráticos.” (19)

En las campañas electorales todo candidato debe enarbolar el estandarte democrático, pues en las democracias representativas, por regla general, la elección es el único momento en el que el pueblo ejerce su poder, razón por la cual todo candidato desea congraciarse con él. Pero “en realidad, en cuanto termina la elección termina también el poder de la masa de electores…”(20) El presidente, los senadores y los diputados, todo gobernante electo mediante sufragio se siente autorizado para ejercer el cargo según su propio arbitrio e intereses particulares o de grupo; “en los hechos vienen a formar parte de la oligarquía dominante.”(21)

En el gobierno representativo la democracia, generalmente, se ha quedado en el discurso y la oligarquía en los hechos: “el único derecho que el pueblo se reserva es el privilegio ridículo de elegir periódicamente a un nuevo grupo de amos.” (22) Señaló enfáticamente Víctor Considérant.

Para que el gobierno representativo sea realmente democrático es indispensable que el pueblo, la ciudadanía, participe en el ejercicio de la soberanía mediante el poder de control y vigilancia, del cual forma parte la consulta popular, pues está es un medio a disposición del pueblo para impedir las acciones de los representantes cando considera que éstas contravienen al interés nacional.

El poder de vigilancia y control que el pueblo tiene sobre sus representantes es una forma indirecta de ejercer la soberanía popular, que ya Rousseau contemplaba. Contrario a lo que comúnmente se piensa, Rousseau plantea que el gobierno debe ser ejercido por representantes. Lo que no es susceptible de ser representada es la soberanía; entendida esta como la Voluntad General. “La soberanía no puede ser representada por la misma razón que no puede ser enajenada; consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad no se representa, o es ella misma o es otra: no hay término medio.” (23) La voluntad es inherente al individuo que desea, es el propio deseo, el cual puede ser comunicado e incluso compartido; en el segundo caso, el ser que desea es un ente colectivo. El bien deseado, cuando puede poseerse en común, permite la asociación de aquellos que comparten el mismo deseo. En el caso del contrato social planteado por Rousseau, “este acto de asociación produce un cuerpo moral y colectivo… el cual recibe de este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. Esta persona pública… tomaba en otro tiempo el nombre de Ciudad, y toma ahora el de República o de Cuerpo Político, al cual sus miembros llaman Estado cuando es pasivo, Soberano cuando es activo… Respecto de los asociados toman colectivamente el nombre de Pueblo, y en particular se llaman Ciudadanos como partícipes de la autoridad soberana, y Súbditos en cuanto sometidos a la leyes del Estado”.(24) La voluntad, sea de un ente individual o colectivo, no puede transferirse, ni enajenarse, ni representarse, puesto que es inherente a su existencia. Más no ocurre lo mismo con el gobierno, el cual es “un cuerpo intermediario establecido entre los súbditos y el soberano para su mutua correspondencia, encargado de la ejecución de las leyes y del mantenimiento de la libertad, tanto civil como política… Llamo pues gobierno o suprema administración al ejercicio legítimo del poder ejecutivo, y príncipe o magistrado al hombre o cuerpo colegiado de esta administración.” (25) “No siendo la ley otra cosa que la declaración de la voluntad general, es evidente que en el poder legislativo el pueblo no puede ser representado; pero puede y debe serlo en el poder ejecutivo, que no es más que la fuerza aplicada a la ley.” (26) En consecuencia, los gobernantes son representes del pueblo y el gobierno se ejerce por representación.
Al pueblo, en tanto que comunidad de ciudadanos, le compete ejercer dos funciones: una, en su calidad de persona pública, Estado o comunidad política, es el encargado de ejercer la soberanía; dos, en su calidad de persona particular o individuo es súbdito de la ley. Su papel de ciudadano no se limita a su participación en el ejercicio de la soberanía, como persona particular sigue siendo ciudadano y, si bien está sometido a la ley que él mismo confeccionó en tanto que partícipe de la soberanía, también está obligado a controlar y vigilar a sus gobernantes, de manera especial en una democracia, pues en ella los magistrados igualmente son ciudadanos particulares, y como tal pueden tener intereses contrarios al interés general y con facilidad, debido al lugar privilegiado que ocupan por su condición de gobernantes, pueden usurpar la soberanía popular dando lugar a un gobierno oligárquico.

“El cuerpo político… comienza a morir desde su nacimiento y lleva en sí mismo las causas de su destrucción… Tan pronto como el servicio público deja de ser el principal asunto de los ciudadanos… el Estado está ya cerca de su ruina… Las asambleas periódicas… son idóneas para prevenir o demorar esta desgracia… no tienen por objeto más que el mantenimiento del tratado social, deben hacerse siempre mediante dos proposiciones que no puedan suprimirse nunca, y que deben ser sometidas a sufragio por separado. La primera, si place al soberano conservar la presente forma de gobierno. La segunda: si place al pueblo dejar la administración a aquellos que actualmente están encargados de ella.” (27)

La vigilancia y el control que la ciudadanía debe ejercer sobre sus representantes es una especie de contrapoder que permite limitar las acciones de los gobernantes y frenar las tendencias oligárquicas de las democracias modernas. Se relaciona no sólo con la consulta popular, sino también con la revocación del mandato, la transparencia en la gestión administrativa y la rendición de cuentas “La búsqueda de un contrapoder, a la vez estabilizador y corrector, ha estado siempre subyacente a la vida de las democracias.” (28) El poder del control y la vigilancia es fundamental en una democracia representativa. Para John Stuart Mill la “labor concreta de una asamblea representativa no consiste en gobernar, sino en vigilar y controlar al gobierno; poner sus actos en conocimiento del público; […] criticarlos si los considera censurables, y, si los hombres que componen el gobierno abusan de su deber… destituirlos de su puesto […] Con seguridad, esto constituye un poder amplio y una seguridad suficiente para la libertad de la nación.” (29)

El poder de control y vigilancia es una especie de contrapeso o contrapoder cuya función es, tanto impedir las acciones de los gobernantes que se consideren nocivas al bien común, como supervisar que el ejercicio del gobierno se realice conforme a los principios constitucionales y con miras al interés general. De aquí resulta que las consultas populares, el referéndum, el plebiscito, la rendición de cuentas y la revocación de mandato, sean instituciones democráticas, razón por la cual constituyen una salvaguarda fundamental de los gobiernos representativos, dado que todas ellas son formas indirectas que adopta el ejercicio de la soberanía popular.

El poder de vigilancia y control estrecha los lazos entre el gobierno representativo y la democracia directa. Marat considera que para que el “poder legislativo sea plenamente representativo, es preciso, además que esté limitado por la soberanía del pueblo y controlado incesantemente por éste. La teoría maratista de la democracia directa fundada sobre el control de los elegidos por los electores, supone la aprobación de las leyes por votación popular y también, el derecho de los ciudadanos a vigilar, denunciar y revocar a sus diputados.”(30) Nicolás Bonneville, considera que el poder de vigilancia, “por pertenecer a todos los individuos por igual, por poder ejercerlo todos ellos por sí mismos, sin representación, y sin peligro para el cuerpo político, constituye esencialmente la soberanía nacional.” De esta manera, la consulta popular, que es parte fundamental del poder de vigilancia y control, permite superar las tendencias oligárquicas del gobierno representativo, dotándolo de un equilibrio republicano, que tiene por principio la justicia política y social.

Notas:

1. Aristóteles, Política, Aguilar, Madrid, 1253ª.
2. Ibídem.
3. Cfr. Unamuno, Miguel, Del sentimiento trágico de la vida, Optima, Barcelona, 1997, p. 49 y sig.
4. Cfr. Piñón, Francisco, Iglesia-Estado, dos versiones de poder en confrontación, en Matute, Álvaro, et al (coord.), Estado, Iglesia y sociedad en México: siglo XXI, México, Miguel A. Porrua- UNAM, 1995, Págs. 32 y sigs.
5. Hobbes, Leviatán, México, FCE, 1996, p. 100
6. Ibídem, p.101.
7. Ibídem, p. 107.
8. Ibídem, p.173.
9. Cfr. Spinoza, Tratado teológico-político, Alianza, Madrid, 1986, pp.331-349.
10. Ciceron, De la república, UNAM, BIBLIOTHECA SCRIPTORVM GREACORVM ET ROMANORVM MEXICANA, México, 1984, P. 20
11. Ibídem, p.82.
12. Rosanvallon Pierre ,”Pueblo inalcanzable, Instituto Mora, México,2004, p.16.
13. Castillon, Frederic De, “disertación sobre la cuestión: ¿es útil para el pueblo ser engañado, bien sea mediante la inducción a nuevos errores, bien manteniéndolo en lo que ya tenía? (1778), en Condorcet, Castollon, Becker, ¿Es conveniente engañar al pueblo, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1991, p.61-62.
14. Ibidem, p. 32.
15. Padua, Marsilio De, El defensor de la paz, Madrid, Tecnos, 1989, p. 54.
16. Manzini, Giuseppe, Los deberes del hombre, en Pensamienos sobre la democracia en Europa y otros escritos, Madrid, Tecnos, 2004, p. 358.
17. Ibídem, p. 305.
18. Rosanballon Pierre, Pueblo inalcanzable, México, Instituto Mora, 2004, p.46.
19. Michels, Robert, Los partidos políticos I. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, Buenos Aires, Amorrourtu, 2003, p. 51.
20. Ibídem, p. 84.
21. Ibídem, p. 85.
22. Citado por Michels, Robert, Los partidos políticos I. Op. cit. p. 83.
23. Rousseau, Del contrato social, Op. Cit., 1980, Pág. 98.
24. Ibídem, Pág. 23.
25. Ibídem, Pág. 62.
26. Ibídem, Pág. 99.
27. Ibídem, Págs. 92, 97, 104.
28. Rosanvallon, Pierre, La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza, Buenos Aires, Manantial, 2007, Pág. 30.
29. Stuart Mill, John, Consideraciones sobre el gobierno representativo, México, Gernica, 1991, Págs. 123-124.
30. Vovelle Michel, en Marat, Textos escogidos, Op. Cit. Págs. 165-166.