Tras la impresionante marcha del 22 de octubre de 2014 por la aparición de los 43 normalistas secuestrados por policías municipales en Iguala Guerrero, un grupo de activistas intervino de manera contundente la plancha del Zócalo con una leyenda que ha dado la vuelta al mundo: “Fue el Estado”. En tanto es ya una acción referencial en los anales del activismo estudiantil vale la pena dirimir los alcances y significados de su justa aseveración, en tiempos en los que las estructuras del Estado y la política que dentro de ellas se desarrolla, están ocupadas por las lógicas del mercado y del crimen, y en los que el reto de las fuerzas progresistas es desentrañar dicha asociación tan fatal como perversa.

Si, hay que decirlo: fue el Estado. No vale culpar a la oscuridad del “crimen organizado”, pues no es interlocutor válido para la sociedad, pero tampoco vale diluir responsabilidades de los funcionarios específicos. Si bien, es necesario identificar que el diseño de las estructuras facilita la corrupción, es a personas concretas, quienes tomaron decisiones u omitieron hacerlo, a quienes hay que atribuir responsabilidades. Los culpables tienen nombre y apellido, algunos actúan dentro del gobierno y otros en las organizaciones criminales, pero todos ellos son delincuentes y hay que evitar que su culpabilidad se pierda en la ambigüedad institucional.

Fue el Estado, pero el problema es que no solo estamos ante el ejercicio autoritario de una cadena de mando que verticalmente decidió una brutalidad de dimensiones apocalípticas. Estamos frente a la más cruda expresión del lodo configurado por las variadas y complejas formas de acción conjunta (corrupción, complicidad, infiltración) entre el crimen organizado y esas autoridades que ocupan el aparato estatal y ejercen de manera perversa las tareas de gobierno. Es un lodo que, como han dicho Gustavo Esteva y Javier Sicilia, no distingue entre sus componentes y los vuelve exactamente lo mismo: políticos criminales y criminales haciendo de políticos. Y no es un lodo homogéneo, es un cumulo de fragmentos disputando los recursos para imponerse mediante su bestialidad o, peor aún, con la bestialidad como objetivo mismo.

Estamos ante un lodo que cada vez se enraiza más en la estructura de gobierno, pero también en amplios sectores de la sociedad que en la indefensión por la falta de opciones y oportunidades de vida digna, ve en el crimen organizado una opción de trascedencia. Estamos ante un cumulo de imaginarios que han borrado los limites en lo legal y los ilegal, lo pacífico y lo violento en tanto códigos de convivencia. La dinámica de competencia impuesta por la lógica sistémica, hoy ni siquiera contenida por mecanismos emergentes de redistribución de riqueza y seguridad social, deriva en violencia como recurso habitual y normalizado, legitimado en la vida diaria de muchos.

Estamos frente al anunciado debacle de los partidos como mediación y orientación política de las conflictividades sociales. Si bien el surgimiento del PRD en 1989 y en los años venideros, logró refrescar la arena de la policía electoral con un programa de cambio democrático que rescataba los grandes ideales de la revolucionaria, hoy se hunde en un pragmatismo que hace tiempo dejó de ser regulado por la ética. Secuestrado por las corrientes, el PRD ya no tiene espacio ni para la ciudadanía ni para sus causas. Pocos militantes del partido apartan tiempo en sus agendas para ir al encuentro de las conflictividades sociales si ello no es redituable clientelar o corporativamente. La competencia entre las corrientes por la amplia gama de recursos a los que se acceden mediante los puestos públicos es voraz al grado de diluir la discusión político programática y permitir la asociación perversa con quienes tienen dinero para el juego electoral, llamense priístas conversos, empresarios o miembros del crimen organizado.

Tanto el PRD como el resto de partidos políticos, salvo Morena que enfrenta sus primeros retos, son ocupantes de la arena político – electoral pero no hacen política. Son los códigos del negocio y del crimen organizado los que caracterizan su desempeño. Morena empieza mal no porque pueda ser ya tachado de los mismo vicios y distorsiones que el resto de partidos, sino porque no surge para fortalecer el proceso histórico de unificación y fortalecimiento de la izquierda si no para segregarse de ellas, no está presente en las luchas sociales si no que se confronta con quienes no ven el nuevo partido como la mejor opción de cambio, no ha innovado en mecanismos de selección de candidatos para propiciar el acercamiento de nuevos militantes a la política y refrescarla de verdad. En los pocos temas en los que Morena ha discutido programáticamente, como la reforma energética, no ha impulsado programas de cambio de fondo, si no la vuelta a un status quo que haga “goteo” de recursos para el bienestar social pero que no modifique las cuestiones estructurales. En todo caso, existirá, como en toda organización, cierta diversidad al interior del partido que mantenga la posibilidad de cambiar esta caracterización.

Estamos ante momentos de tensión y de sensación de derrota en los que se buscan culpables. A unos se les atribuyen los actos de otros con tal de sacar la furia. Con ello se justifican discursos, y agresiones, que desvían la discusión de lo importante. Hay que decirlo claro: Cuauhtémoc Cárdenas no solo no participa de la dinámica corporativa de Nueva Izquierda, no solo no pertenece a ninguna de las corrientes dominantes del PRD, si no que desde el pacto fundacional del PRD ha combatido la lógica misma de las corrientes. Puede estarse en desacuerdo con sus planteamientos, con sus propuestas o con la falta de ellas, con sus estilos o actitudes, pero atribuirle responsabilidad en lo sucedido en Ayotzinapa, como de manera obtusa hicieron algunos, que también tienen nombre y apellido, al finalizar la marcha del 8 de octubre, es un despropósito propio de una cultura política homogeinizante: El clásico e inservible “todos son iguales”. Si lo que se combate es la política partidista entonces lo que hay que hacer es dar el debate estratégico, no descalificar a nadie atribuyéndole los actos de otros.

En el caso de Andrés Manuel López Obrador resulta perverso atribuirle responsabilidad con respecto a los actos de Abarca. Pero AMLO tiene que revisar que tanto ha promovido ese discurso, y esa cultura política en la que aparecer con alguien en una foto, estar afiliado a su mismo partido, saludarlo en un acto como dice el protocolo, debatir con alguien en el congreso, coincidir con alguien en una idea o, si en el ejercicio del deber parlamentario se negoció una ley con el o ellos, se es ya parte de su “mafia”. Es, ese discurso maniqueo, que promueve la incondicionalidad, ampliamente utilizado por AMLO, el que ahora los adversarios quieren usar en su contra de manera vil. Otra cosa que Andrés Manuel tiene que revisar de manera auto critica es el apoyo que dio a muchos candidatos de alianzas vergonzantes como en su momento lo fue Aguirre en Guerrero. Morena tiene la oportunidad de cambiar eso, basta que se lo proponga.

Por otro lado. Si bien hay centenas de dignas resistencias que defienden sus bienes y recursos naturales, sus derechos y los derechos humanos de individuos y comunidades, lo cierto es que la acción de quienes nos desempeñamos en los movimientos y las organizaciones está caracterizada por la dispersión y la falta de proyecto de transformación. Hay pocas experiencias comunitarias, quizás solo las de las comunidades del EZLN, que son capaces de transformar su resistencia en un proyecto de sociedad distinto.

Y en esta falta de política se dificulta ver cómo es que saldrá la luz. No se ve, por ahora, como es que este círculo vicioso que incluye a los ilegítimos ocupantes del espacio político y sus instituciones, al crimen organizado y atrapa a los sectores de la sociedad que replican sus códigos de comportamiento, podrá desentrañarse al grado de que los códigos de la competencia descarnada y la bestialidad sean sustituidos por la solidaridad, la igualdad, la democracia y la libertad. Nadie tiene la respuesta pero, en todo caso, son momentos de reflexión sobre lo que las izquierdas han venido haciendo y de cómo hemos llegado a debilitarnos después de que entre 1988 y 2001 (lucha cívico democrática, rebelión zapatista, movimiento estudiantil), fuimos capaces de dictar la agenda nacional.

Toca, por lo pronto, pensar como hemos de hacer política para recuperar la política misma. ¿Cómo es que las diversas colectividades iremos tomando el control sobre nuestra vida en comunidad, libertad y en democracia? Ello implica pensar en el más amplio significado de la acción política, tanto en lo micro y autogestivo, como en la disputa por la administración de los recursos naturales y la defensa de los derechos humanos, empezando por ganar la libertad de los presos políticos.

Toca, por lo pronto, recuperar la noción de lo público como eje de la disputa. Revertir las inercias y recuperar la capacidad de dialogo y articulación en función de las coincidencias y con plena horizontalidad. Toca ir pensando cómo es que se diversificarán los modos de acción para decir las cosas de manera creativa y convocar a nuevos militantes a la lucha social. Toca ir ampliando los canales de dialogo entre las diversas izquierdas (Excluyó a los miembros de Nueva Izquierda de esta calificación), estar dispuestos a mirarnos de frente para saber cómo es que cada quien se auto – critica y que esperaría cada quien para actuar con el otro. Por ahí nos encontramos con más coincidencias de lo esperado. Toca ir impulsando espacios de formación conjunta en función no solo de formas de relacionarnos si no de visiones de transformación estructural ¿Cómo hacer para reorientar las políticas del Estado? ¿Cómo reconstruir las formas de relacionarnos y propiciar la dignidad como forma de vida de todas y todos? ¿Cómo constituirnos, quienes nos movemos en el campo progresista, en referente alternativo de aquellos que por la falta de alternativas ven los modos del crimen y del negocio como opción?

Como dijo Pablo González Casanova en su mensaje a la Nueva Central de trabajadores, pasado 22 de septiembre de 2014: “ Crear territorios libres de narcotráfico y luchas de distracción, y organizar la defensa del pueblo por el pueblo es tan importante como organizar la democracia de los pueblos para la defensa de sus medios de vida y de organización de la vida con la toma de decisiones consensuada, con el respeto invariable al dialogo sereno y a la diferencias de sexo, edad, raza, religión o ideología de pueblos y trabajadores” “Tenemos que – escribió González Casanova en ese mismo mensaje – prepararnos para una nueva historia a la que tarde o temprano el pueblo de México se enfrentará con el creciente valor, organización y sabiduría que le han dado papel pionera en la historia universal”. Toca, entonces, no caer en desesperación ni voluntarismos, mirar en perspectiva y a largo plazo pensando serenamente que alternativa proponer para lo inmediato.

Y si, toca decir fuerte y claro que FUE EL ESTADO (a los que instrumentaron la ahora celebre pinta hay que agradecerles por la vocería y el ejemplo de cómo hacer las cosas) y toca construir como sociedad y exigir a los ocupantes de sus estructuras administrativas que lo hagan, condiciones de no repetición, tanto en lo que tiene que ver directamente con situaciones de represión, desaparición y tortura como este, como con la erradicación de las causas estructurales que facilitan o impulsan las violencias de cada una de sus modalidades. Pero toca, sobre todo, encontrar a los desaparecidos, promover su reinserción a la lucha y defender con ellos el proyecto de las normales rurales.

¡Vivos los queremos!

*Miembro de la Fundación para la Democracia –Alternativa y Debate- A-C.
www.fundaciondemocracia.org / victorgarciazapata@yahoo.com.mx