En solidaridad con Cuauhtémoc Cárdenas,
Adolfo Gilly, Salvador Nava y acompañantes

Agitando el puño en alto, la jovencita gritó “¡asesino, asesino!”
y de inmediato le preguntó a quien tenía a su lado: “¿y éste quién es, eh?”.

Noticiero José Cardenas, 8 de octubre. La reportera termina su relato en vivo de la agresión a CC y entra el comentarista estelar de turno: “Estos son los costos de pertenecer al PRD…”

El Universal, 9 de octubre. El título de la nota: “Crónica. La peligrosa militancia del inge Cárdenas”.
De la película “La dictadura perfecta”: “Aquí hace falta una caja china”.

Desde el propio relato de la reportera radiofónica se hacía evidente la provocación, el montaje de un evento para consumo mediático, para desnaturalizar el sentido de la marcha y para “manchar” a una figura política muy relevante.

En algún sentido, el objetivo se cumplió. En los días subsiguientes los medios se ocuparon relativamente más del incidente que del sentido de la marcha. La espectacularización de la noticia cambió el enfoque. La interpretación alimentó el sentido común dominante.

Casi desapareció el contenido del pronunciamiento oficial de la marcha, leído por el actor Daniel Giménez Cacho y Rubén Albarrán, de Café Tacuba. Desapareció la crónica del desplazamiento de una muchedumbre ordenada y pacífica, plural e incluyente, solidaria y demandante, sin protagonismos.

En televisión, la imagen editada muestra el momento más álgido de la agresión repetido “n” veces, potenciando la transmisión de violencia y, a través de ella, ¿la vulnerabilidad de un liderazgo?, ¿la demostración de que los reclamos sociales son violentos? Imágenes y locuciones noticiosas desvirtúan el reclamo, descontextualizan la agresión, desdibujan la diferencia entre Cárdenas y partido y lo vuelven una sola entidad desacreditable. ¡Son los costos de pertenecer!

El reclamo profundo y sentido por los normalistas de Ayotzinapa es parte del descontento social, cada vez más extendido y generalizado, en distintos ámbitos, sobre lo que está ocurriendo en el país. Es función de los medios hegemónicos consustanciados con el gobierno, disminuir su repercusión, encapsular los eventos en sus propios espacios sociales, darles tratamiento de nota roja, descontextualizarlos. Que no trasciendan a las grandes mayorías con su sentido real. En todo caso que les lleguen como parte de una secuencia de imágenes interruptas, mezcladas, inconexas. Exaltación del instante. Sustracción de los significados. Manipulación.

Es tarea de los medios contribuir a la disgregación social y a la disolución de identidades colectivas, vaciando a la política de contenido, determinando el escenario y el espectáculo, construyendo la realidad-ficción desde la víctima, el desastre, el terror, la muerte, que penetra en cada casa, en cada persona, alimentando la parálisis, el miedo, el sentido de precariedad, la desconfianza en el otro. No hay que meterse.

Luego, la mayoría de los comentaristas y analistas harán su parte, escandalizados por el hecho, cuestionando filiaciones políticas, sin siquiera rozar las cuestiones de fondo, sin preguntarse, más allá de quienes fueron, ¿a quién beneficia la agresión?, ¿quién sale ganando?, ¿quién necesita que el reclamo quede acotado al momento específico y despojado de su sentido político?, ¿a quién le conviene que el reclamo social no tenga representación o referencia política?

Hasta el siguiente escándalo y vuelta a comenzar.

POSDATA

En torno a los acontecimientos de Iguala, la dirigencia del PRD actuó según la doctrina que ha desarrollado en los últimos años, acoplada al pensamiento hegemónico. No podía ser de otra manera. Respondió a partir del cálculo político y la especulación sobre los costos. Un pragmatismo rampante le cerró el paso a toda consideración de responsabilidad institucional, de moral pública, de ética política. Tienen incorporado como instinto un sentido de las cosas, una percepción de la realidad, totalmente enajenados, subordinados al sentido común dominante. Y, al igual que en la fábula del alacrán y el hipopótamo, respondieron instintivamente.