Hace mucho que la comandanta Nestora Salgado García no visita Olinalá, el pueblo de Guerrero donde ejercía sus labores como parte de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias – Policía Comunitaria. En 2013 fue acusada de crímenes que no cometió, y encerrada dos años y ocho meses por defender los derechos de su comunidad. Tras una campaña internacional presionando al gobierno para su liberación, logró salir el 18 de marzo de 2016, pero ante las amenazas a su seguridad, en seguida dejó el país.

Ahora regresó a México y, un año y medio después de su exilio, la situación no ha cambiado mucho en Guerrero. Pero Nestora es otra, sus palabras transmiten su experiencia como comandanta, su resistencia para sobrevivir a la cárcel, y ahora su impulso para ayudar a otros y otras presas políticas. De eso nos habla en Casa Katz, sede de la Fundación para la Democracia.

Junto a ella se encuentran personas que participaron en la campaña para su liberación, otras que siguieron de cerca su injusta historia, algunos periodistas y también Araceli Osorio, madre de Lesvy Berlín, asesinada por su pareja en la Ciudad Universitaria de la UNAM el pasado 3 de mayo.

Entre una decena de jóvenes resaltan los testimonios y la fortaleza de estas dos mujeres, Araceli y Nestora se presentan entre sí, y conversan sobre el sistema de justicia en México. En muchas cosas coinciden los casos de Nestora y Lesvy, la invención de pruebas, las irregularidades descaradas, violaciones al debido proceso, el descrédito de las víctimas en los medios… en resumen el uso político del sistema de justicia para preservar la corrupción y la impunidad.

Pero también coinciden en que Araceli y Nestora se han convertido en ejemplos de mujeres defensoras de los derechos humanos. Como dice Araceli: “Me quitaron a mi hija, pero ahora tengo muchas más hijas por las cuales luchar para que no les suceda lo mismo”. Ella, junto con la defensa de Lesvy, han conseguido que se reclasifique su caso de “homicidio simple doloso por omisión” a “feminicidio agravado” y se incluya en la investigación la perspectiva de género, señalando al culpable como su asesino directo y no un simple cómplice.

Nestora, desde el extranjero, ha sabido canalizar toda la ayuda y apoyo que recibió en su lucha para que siga siendo útil a otras personas defensoras de derechos humanos; ha comenzado a acompañar otras campañas, iniciando con la que persigue la liberación del resto de sus compañeros, y también nos dice que piensa seguir ayudando a su comunidad, no sólo en términos de seguridad pública, sino también con programas educativos y de salud.

Tanto Nestora como Araceli son un ejemplo de lucha, porque su esfuerzo y resistencia han impulsado a más activistas a apoyarlas y a alzar la voz por las causas que defienden; porque reafirman que la lucha de muchas mexicanas frente a las agresiones del Estado y de particulares han pasado de la defensa individual a la construcción de redes.

Al final sucedió lo que dijo el historiador Adolfo Gilly en la entrega del Premio Amalia Solórzano de Cárdenas a Abel Barrera y Tlachinollan: “Nos hicimos eco del sufrimiento, pero también de la utopía”.