Emitidas en Villahermosa, Tab. el 22 de noviembre del 2018

Agradezco al diario Tabasco Hoy la entrega que me hace de la Jícara de Oro, presea al mérito Luis C. Márquez en su segunda edición, por la alta distinción que representa para mi. Doblemente honrado, pues la Jícara de Oro se entregó por primera vez, el año pasado, al distinguido tabasqueño, amigo respetado, Enrique González Pedrero.

Aprovecho para felicitar a todos los colaboradores de “Tabasco Hoy”, encabezados por su director don Miguel Cantón Zetina, por 31 años de importante labor periodística, que se cumplen el próximo día 1º.

Saludo con afecto a mi muy estimado amigo, Lic. Arturo Núñez, gobernador de este, para mi, querido Estado de Tabasco.
Saludo, igualmente, al gobernador electo, Adán Augusto López, compañero en los andares de la lucha por la democracia en Tabasco.

Recibo este reconocimiento cuando en nuestro país, y en Tabasco en particular, celebramos el anuncio de un cambio democrático y de progreso, resultado de la elección de un distinguido tabasqueño como presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador.

Recibo la Jícara de Oro no sólo en lo personal, sino también en nombre de todos aquellos integrantes de las generaciones de hoy, que desde las más diversas trincheras han venido luchando por instaurar en nuestro país un auténtico régimen de soberanía, equidad y justicia.

Democracia no son sólo elecciones en las que plenamente se respete el voto ciudadano, aunque esta es condición esencial para su existencia y reconocimiento, sino que además, la igualdad, valor intrínseco de la democracia, debe estar en los muchos otros elementos que la conforman.

En las décadas últimas se han dado pasos importantes en nuestra edificación democrática. No ha tenido que recurrirse a las armas, como en los albores del siglo pasado, pero ese avance no ha sido ni fácil ni incruento. Testigo de ello son los más de 600 muertos del Partido de la Revolución Democrática, asesinados entre 1988 y 1996, que permanecen impunes, y en cuya memoria nos corresponde a los vivos empeñarnos por hacer realidad aquellos objetivos por los que ellos cayeron.

1988 marca sin duda un quiebre en la vida de nuestra democracia. Más allá de las distorsiones y vicisitudes de la elección de aquel año, fue, sin duda, la chispa que lanzó a millones de mexicanos a convencerse que votando y participando en la vida pública las cosas podían cambiar. Y en ese sentido se dio el impulso popular. Después del 6 de julio de 1988, a pesar de que en elecciones locales y federales los fraudes y la violencia electoral del Estado contra la ciudadanía continuaron, no hubo desánimo y fue así que en las elecciones federales de 1997 cuando, no por gusto de un régimen que defendía sus privilegios, sino por la insurgencia cívica popular y la consistencia de su lucha, que los votos se contaron bien por primera vez, después de la histórica elección de Francisco I. Madero.

De ahí en adelante, en ninguna elección, ni federal ni local, se han cuestionado los resultados porque los votos se hayan contado mal.

Desde luego, las elecciones posteriores a la federal de 1997 muestran en sus resultados elementos de ilegalidad: ha sido frecuente la intromisión indebida de altos funcionarios, del Presidente de la República en 2006 por ejemplo, según lo acreditó el dictamen del Tribunal Federal Electoral, para inclinar resultados según sus intereses; lo mismo la presencia de dinero sucio, que no ha dejado de aumentar elección tras elección. Mientras no se logren evitar actos delictivos como estos, no habrá confianza plena en nuestro sistema electoral.

Pero decía, democracia no es sólo elecciones limpias. La igualdad debe constatarse en las condiciones de vida de todos y cada uno de los mexicanos, así como en las  oportunidades que pueda cada quien aprovechar para su mejoramiento y progreso.

Nuestra sociedad es una de las más desiguales del mundo. La riqueza se concentra en grupos cada vez más reducidos. Por debajo de los límites que identifican la pobreza se encuentra más de la mitad de la población nacional. Se generan escasas plazas de trabajo formal respecto a la demanda, y las oportunidades se abren, precariamente, en la informalidad. A esta ya de por si grave situación social, hay que agregar la ofensiva e indignante corrupción, la impunidad con la que se le protege, la inseguridad y la violencia que cada vez golpean más, frente a una administración impotente, por complicidad o incapacidad institucional, para enfrentar esos fenómenos.

Ahora bien, estamos como estamos no porque la corrupción, la impunidad, la inseguridad, la desigualdad o la pobreza sea el modelo de desarrollo que se ha venido poniendo en práctica desde casi cuatro décadas atrás, sino porque el modelo, el neoliberal, propicia estas distorsiones, pues ha venido cercenando las decisiones soberanas, haciendo depender de intereses ajenos la economía y la vida institucional –creando y desapareciendo instituciones y legislaciones según los intereses de quienes dominan la política y la economía de nuestro vecino del norte-; concentrando el ingreso en pocos; aprovechando la desprotección política y social de la mano de obra barata de la migración; cediendo a productores del exterior los mercados nacionales, etc. Todo ello, gracias a la complicidad de los gobiernos neoliberales. Con ello quiero señalar que, para cambiar las cosas en nuestro país, para efectivamente avanzar en la edificación democrática, el modelo de desarrollo que se adopte no puede ni debe seguir siendo el neoliberal, dependiente política y económicamente, y socialmente excluyente, sino un modelo que se caracterice por el ejercicio libre y democrático de la soberanía nacional, la igualdad social y la equidad en la relación internacional.

Contamos en el país con importantes y valiosos potenciales: capital humano; creatividad; vastos y variados recursos naturales, renovables y no renovables –Tabasco es una clara muestra de ello: sus ríos, costas, suelos, yacimientos de hidrocarburos, una rica biodiversidad, etc.-; recurso turístico; diversidad de suelos, climas y altitudes para el aprovechamiento agrícola, forestal y ganadero; riqueza minera y petrolera; ubicación geográfica, que nos hace puente estratégico de norte a sur del continente y del Pacífico al Atlántico.

Si todo esto se aprovecha con la mira de beneficiar con equidad al conjunto de la población, de fortalecer la soberanía nacional, de desarrollar una economía con contenido social orientada al fortalecimiento de la Nación, de hacerlo bien en el presente y cuidar para el futuro los recursos tangibles e intangibles que nos dan identidad y cohesión social, pronto se empezarían a ver los resultados favorables de ello.

En unos días, habrá de darse un cambio en el Ejecutivo. Por ese cambio votaron más de treinta millones de ciudadanos, que determinaron que la transformación deseada la encabezara y condujera Andrés Manuel López Obrador. A lo largo de seis años, esos treinta millones de ciudadanos esperan la elevación consistente de las condiciones de vida; mayores y mejores oportunidades de bienestar y progreso; seguridad en la vida cotidiana; responsabilidad y rectitud en la administración de los bienes públicos; preservación y ampliación de las libertades y los derechos de la gente, entre ellos, respeto pleno a la libertad de expresión. Transformar la esperanza en realidades significará un cambio radical de nuestro modelo de desarrollo. Tengamos confianza en que así habrá de suceder.

Ahora bien, “Tabasco Hoy” llega a su aniversario 31 porque sirve a una colectividad al informarla con objetividad, por manifestar las opiniones editoriales y de sus articulistas expresando cada uno su verdad y defendiendo en todo momento y circunstancia la libertad de expresión.

En estos 31 años no todo ha sido sencillo para la prensa. No puede desconocerse que la tarea periodística tiene sus riesgos y dificultades. Ahí está el caso del colaborador de este diario, Rodolfo Rincón Taracena, desaparecido el 20 de enero de 2007, al que han seguido en el país 187 casos más de asesinatos o desapariciones de periodistas, 6 de ellos tabasqueños.

Estos hechos de violencia no han detenido ni habrán de detener la labor informativa de la prensa. Periodistas valientes, ajenos y al mismo tiempo conscientes del riesgo que en un momento dado corren para obtener una información que consideran debe divulgarse, los ha habido y los seguirá habiendo, y la delincuencia, cualesquiera que sean sus motivaciones, seguirá encontrándose con que la verdad acaba por aparecer, y que siempre habrá quienes con responsabilidad y convicción, cueste lo que cueste, hagan valer la libertad de expresión.

Hago votos porque Tabasco Hoy, con el espíritu con el que se creó el reconocimiento Jícara de Oro, presea al mérito Luis C. Márquez, continúe celebrando muchos aniversarios más, como ejemplo de lo que es y debe ser la libertad de expresión y la información objetiva en el servicio a la colectividad tabasqueña.