PREMIO AMALIA SOLÓRZANO DE CÁRDENAS

El Premio Amalia Solórzano de Cárdenas es entregado anualmente desde 2011 como reconocimiento a personas o instituciones que se hayan distinguido por su trabajo y actividad en favor de la independencia nacional, la defensa de la soberanía de los pueblos, el mejoramiento de los pueblos indígenas, la paz, la lucha contra la marginación y las exclusiones sociales, los derechos humanos, la integración latinoamericana, la educación, la ciencia y la cultura.

Abel Barrera Hernández es antropólogo (ENAH) y activista social. En 1994 fundó Tlachinollan en su pueblo natal, Tlapa de Comonfort, Guerrero, y desde entonces es un activo defensor de los derechos de los pueblos indígenas. Su trabajo ha sido reconocido en múltiples ocasiones tanto nacional como internacionalmente. Ha defendido casos de desaparición forzada, tortura, despojo de tierras, hostigamiento a luchadores sociales y detenciones arbitrarias, lo que le ha valido, tanto a él como al equipo de Tlachinollan, amenazas en diversas ocasiones. Este año, el Centro Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano ha decidido reconocer la labor tanto de Abel como de Tlachinollan por su visión, trayectoria y trabajo incansable para traer la justicia a la montaña.
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Tlachinollan es una organización de derechos humanos que trabaja desde 1993 en el estado de Guerrero, al sur de México. Entre sus objetivos se encuentran lograr la dignidad y la justicia para los pueblos na savi, me’phaa, nauas, nn´anncue y mestizos, trabajando por la vigencia y el respeto pleno de los derechos humanos. Promueve y defiende, desde la diversidad cultural, los derechos de los pueblos en la región de la montaña y la costa chica. Algunos de los casos más emblemáticos que ha defendido son: el de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el de Inés y Valentina torturadas y violadas por el Ejército mexicano y el de los campesinos de la CECOP frente al megaproyecto de La Parota.
Conoce más de Tlachinollan en su sitio.

“Nos hicimos eco del sufrimiento, pero también de la utopía”

Palabras de Adolfo Gilly en la entrega del Premio Amalia Solórzano de Cárdenas 2017 a Abel Barrera y Tlachinollan. La señora Amalia Solórzano de Cárdenas estaría hoy aquí –tal vez esté, a su modo silencioso- contenta y orgullosa de que el premio que lleva su nombre lo...
Cobertura del premio 2017

Palabras de Cuauhtémoc Cárdenas en la entrega del Premio Amalia Solórzano 2017

Premio Amalia Solórzano de Cárdenas 2017 Palacio de Minería Ciudad de México, 12 de octubre del 2017 Cuauhtémoc Cárdenas   Una distinción y una satisfacción saludar a todos, en esta tarde en la que se entrega el Premio Amalia Solórzano de Cárdenas 2017 al...
Cobertura del premio 2017

Palabras de agradecimiento del Antropólogo Abel Barrera Hernández al recibir el premio Amalia Solórzano 2017

Lo dedico a las madres y padres de Ayotzinapa, quienes luchan porque veamos un México donde la verdad impere y donde los desaparecidos sean recordados en todo momento. Agradezco al Centro Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano, así como su honorable Consejo por este...
Cobertura del premio 2017

Premio Amalia Solórzano 2017 es dedicado por Abel Barrera a las madres y padres de Ayotzinapa

Al recibir el Premio Amalia Solórzano de Cárdenas, el antropólogo y defensor de derechos humanos, Abel Barrera lo dedicó “a las madres y padres de Ayotzinapa que luchan por un México donde la verdad impere y nuestros desaparecidos sean recordados en todo momento”. Con...
Cobertura del premio 2017

Premiados

2017. Abel Barrera

2016. Instituto Politécnico Nacional

2015. Miguel León Portilla

2014. Raúl Álvarez Garín

2013. José Mujica

2012. Eduardo Galeano y Marta Lamas

2011. Luiz Inácio Lula da Silva

El Premio Amalia Solórzano de Cárdenas es entregado por el
Centro Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano

Consejo del premio

El consejo es encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, presidente del Centro Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano; y está integrado por: Miguel Bonasso, de Argentina; Lydia Cacho, de México; †Marco Aurelio García, de Brasil; †Juan Gelman, de Argentina y México; Adolfo Gilly, de México; Leandro Guzmán, de la República Dominicana; Clara Jusidman, Luis Prieto, Diego Luna, Ofelia Medina, Félix Hernández Gamundi y Gabriel Orozco, mexicanos; Joan Manoel Serrat, de España; Harley Shaiken, de los Estados Unidos; Tabaré Vázquez, del Uruguay; y tres representantes institucionales, los Rectores de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Medardo Serna González), de la Universidad Nacional Autónoma de México (Enrique Luis Graue Wiechers), y el Director General del Instituto Politécnico Nacional (Enrique Fernández Fassnacht).

Amalia Solórzano Bravo

(Tacámbaro, Michoacán, 1911 – Ciudad de México, 12 de diciembre de 2008).

La discreta señora de la calle Andes

Adolfo Gilly

En esta breve remembranza de Amalia Solórzano, esposa del general Lázaro Cárdenas, podemos atisbar un fragmento de la historia de México. Adolfo Gilly nos ofrece un retrato de esta mujer cuya vida emocional y política recorrió buena parte del siglo pasado.

No conozco bien la vida toda de Amalia Solórzano. Conocí, eso sí, su amistad y su cariño en los últimos veinte años de esa vida. Tampoco sé, en este primer aniversario de su ausencia, cuáles palabras decir en esta sala. Pensaba yo conversar con ustedes en su vieja casa de la calle Andes donde, en el recibidor de abajo o en el estudio de arriba, muchas historias pudimos referirnos. De esas historias no me toca hablar en esta casa que hoy nos da a todos buen cobijo. Aquí, pues, no es la casa de Andes. Y ella, que tenía esa su relación intensa con las casas y con las cosas, lo comprendería con una leve sonrisa de sus ojos.

Amalia (la traté así y no puedo ahora nombrarla de otro modo) estuvo, para mí, siempre presente en las decisiones audaces del general Lázaro Cárdenas. Aun antes de que se casaran, la muchachita asomada al balcón de la familia Solórzano en Tacámbaro miró ella primero al joven militar que desfilaba a caballo ante la casa, y fue éste quien devolvió la mirada. Así empezó todo, según refiere Amalia en Era otra cosa la vida, y no sé si ella se daba cuenta del alcance cabal del orden de su relato. Pero creo que sí, porque sabía medir cada significado cuando hablaba, mientras sus ojos iban más allá que sus palabras. Pero las miradas son para ser recordadas, no para ser citadas.

Decisión audaz la de Amalia muy joven que, contra la opinión paterna, decidió casarse con aquel generalito de la Revolución (“vas a andar de soldadera con un perico en el hombro”, fue la gráfica frase de don Cándido Solórzano). Más audaz aún la de casarse sólo por lo civil y no por la Iglesia, pues el joven general que durante el noviazgo se arriesgaba a verla en secreto en un puente quemado donde cualquier día los podían encontrar los cristeros michoacanos levantados en armas, resultó que era jacobino —como su amigo, el general Múgica— y por nada del mundo, ni siquiera por ella, estaba dispuesto a pasar por el rito religioso.

Sabía medir cada significado cuando hablaba,
mientras sus ojos iban más allá que sus palabras.
Pero las miradas son para ser recordadas, no para ser citadas.

Como suele suceder, este conflicto entre dos terquedades se resolvió a través de extrañas mediaciones. Por un lado, las monjas del colegio donde se educaba la enamorada y terca jovencita (y donde, con el permiso y bajo la vigilancia de ellas, la visitaba el general, ya gobernador de Michoacán) le dijeron que en su caso no era tan grave omitir el rito si en su corazón guardaba la fe junto con el amor por su futuro esposo. Por el otro, los jefes cristeros de la zona hicieron saber a don Cándido que su hija y ese general se veían en el puente quemado, y que se anduvieran con cuidado porque cualquier día se los llevaban.

Lázaro Cárdenas y Amalia su esposa en la casa de la calle Andes, 1967

Lázaro Cárdenas y Amalia su esposa en la casa de la calle Andes, 1967

Todo esto sucedía al inicio de los años treinta del siglo pasado, cuando Michoacán conservaba sus bosques y las corrientes de agua de montaña traían frescor y luz a este Valle de México, entonces todavía la región más transparente del aire. Por esta región, ahora que la nombro, cabalgaban en los años cuarenta Amalia y su amiga Chole, la esposa del presidente Manuel Ávila Camacho. Por entonces, apenas dejada la presidencia, el general Cárdenas se puso a reforestar, según le escribía en julio de 1941 Amalia a su hijo Cuauhtémoc, que tenía siete años: “No te imaginas con qué entusiasmo empezó tu papá hace escasamente dos meses la reforestación de los cerros de Jiquilpan. […] No menos de veinticinco mil árboles han sido plantados”. En ésas andaba también Amalia.

* * *

Hablaba yo de decisiones audaces. Seguro estoy, aunque no puedo probarlo, de que la presencia de Amalia compartió y sostuvo desde su inicio, antes de que fuera pública, la decisión de desencadenar el gran reparto agrario en La Laguna en octubre de 1936; así como la todavía más riesgosa de nacionalizar el petróleo en marzo de 1938; y la equivalente de jugársela con la República Española sin pedir ni esperar nada en cambio, cuando las potencias del mundo la dejaron sola (y la Unión Soviética, que la apoyó, se lo cobró muy caro).

No fue sólo la colecta que ella encabezó cuando el petróleo, ni el asilo a los niños de Morelia del cual se ocupó en persona, gestos que siempre se mencionan cuando de la esposa del presidente Cárdenas se habla. No, fue mucho más que eso. Se trata de su presencia junto al general, y de la del presidente al lado de ella, en los momentos en que las decisiones van tomando forma y va llegando la hora de jugársela.

No seguiré la historia. Pero sí quiero recordar que Amalia vivió en su persona los años cincuenta, los de la calumnia abierta o la insidia disimulada contra ellos dos, Lázaro y Amalia, y contra su obra. (“El General no permitirá nunca que hombres acostumbrados al halago vengan a envenenar su espíritu. Nunca ha escuchado las opiniones o consejos que a su criterio son malsanos. No anda huyendo. Quiere con su alejamiento del centro que la gente vea en él un hombre de trabajo más, alejado de toda la esfera oficial. […] ¿Es mucho más difícil ser ex presidente que ser presidente?”, se preguntaba Amalia en sus apuntes de 1941, cuando aún no llegaba a sus treinta años de edad).

No fue sólo la colecta que ella encabezó cuando el petróleo,
ni el asilo a los niños de Morelia del cual se ocupó en persona.

Vivió y compartió también con decisiones propias la gran aventura cardenista de apoyar a los movimientos sociales, nacionales, agrarios de América Latina en Guatemala, en Bolivia, en Perú. Vivió, más como Amalia que como esposa, el apoyo de los Cárdenas y los Solórzano a la revolución cubana, cuando ésta se preparaba en territorio mexicano y ella y su hermana Coti daban cobijo al entrenamiento de los jóvenes para el desembarco y la insurrección. Y vivió el gozo y la tristeza cuando salió a las calles el movimiento estudiantil de 1968 y cuando fue ahogado en sangre el 2 de octubre en Tlatelolco.

Nada de extraño tienen, sino más bien de coherente con su vida, otras decisiones suyas cuando ya no estuvo el general. Menciono dos: su apoyo y su participación, callada como siempre, resuelta como siempre, en la histórica ruptura cardenista de 1987 y 1988, encabezada por su hijo Cuauhtémoc; su solidaridad activa, en 1994 y también después, con la rebelión indígena de Chiapas y el EZLN, uno de cuyos primeros llamamientos: “¿De qué nos tienen que perdonar?”, enmarcado cuelga de una de las paredes de su estudio —así como enmarcada está en el despacho del general Cárdenas la carta de gratitud que en 1958 le dirigió Fidel Castro desde la Sierra Maestra. Así fue, entre 1996 y 1997, su presencia en la Comisión de Seguimiento y Verificación de los Acuerdos de San Andrés, ésos que el gobierno federal con dolo firmó y con deshonra ignoró.

* * *

Alguna vez tropecé con la conocida imagen literaria del hombre como tronco sólido y la mujer como planta grácil que, apoyada en él, da flores y colores junto al árbol adusto. Es mentira. Amalia era, ella, un árbol que daba sombra, flores y frutos. Pensaba, decía, resolvía, protegía, se arriesgaba junto con su compañero de vida, y en veces hasta más allá, aunque éste fuera el más visible a los ojos profanos. Esto es verdad no sólo de ella sino de todas las mujeres, y lo demás son cuentos que a nosotros mismos nos contamos.

En Jiquilpan, Michoacán, 1938

En Jiquilpan, Michoacán, 1938

Decía Amalia que durante largos periodos el general le escribía una carta cada día y que ella las conservaba todas. Quien alguna vez quiera narrar la vida, los pensamientos y la persona del general Lázaro Cárdenas del Río tendrá que conocer también esas cartas que le escribió a Amalia Solórzano Bravo.

Ella siguió viviendo en la casa de Andes, donde el despacho del general Cárdenas en la planta baja sigue tal cual él lo dejó. Después, recuerda Amalia en Era otra cosa la vida, “algunos amigos me insinuaron que me fuera a vivir a un departamento, pues la casa donde siempre habíamos vivido era muy grande para mí sola. Estaban equivocados. En esta casa me quedé, aquí es donde tengo mis grandes recuerdos y cada rincón me habla de alguno de ellos”. En la casa de Andes recibía a las unas y a los otros y conversaba con amistades cercanas o con visitantes distinguidos; y desde esa casa siguió saliendo hacia diversos rumbos de la República para dar apoyos, consejos, ayudas o simplemente conocimientos de la vida.

Señorial en los modos,
discreta en las palabras,
radical en los impulsos.

Cuando Amalia se fue, hace de esto hoy un año, dije de ella: señorial en los modos, discreta en las palabras, radical en los impulsos. Agrego ahora que sus afectos eran duraderos y era certero su juicio sobre las personas. Muchas cosas perdonaba o callaba: la ingratitud, no. Corría en casos tales una sutil cortina de impenetrable cortesía. Magnífica señora, doña Amalia.

*Texto leído el 12 de diciembre de 2009 en la Ciudad de México, a un año de la ausencia de Amalia Solórzano de Cárdenas, en una reunión de sus familiares y sus amigos. Compartieron también sus recuerdos César Buenrostro, Alejandro Solórzano y Alicia Torres, y Fernando del Castillo interpretó canciones michoacanas. Fue publicado originalmente en la Revista de la Universidad de México en Febrero de 2010.

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