Texto publicado originalmente en el portal Tercera Vía el 16 de agosto de 2018

Por Víctor García Zapata

México vive un momento tan inédito como incierto. La coalición que triunfó el pasado 1 de julio representan un mosaico de posiciones y expectativas difíciles de descifrar. Si bien Andrés Manuel López Obrador constituye el eje vertebral que concentra la legitimidad otorgada por la voluntad popular cierto es también que deviene en vehículo de múltiples intereses que continúan el proceso de disputa por la nación. El arraigo popular del candidato, el hartazgo para con el grupo gobernantes actual y el cierre de filas de la mayoría de medios de comunicación, elites políticas y grupos empresariales parecen haberse retroalimentado para configurar el avasallante triunfo de Morena.

Ante tan complejo juego de objetivos concentrados en el próximo gobierno resulta complicado calcular la inclinación de las balanzas, los costos, beneficios y condicionamientos que habrán de definir u orientar las políticas del próximo sexenio. Teniendo clara la imposibilidad de un comportamiento radical consecuente con el cambio de modelo que sería necesario, es deseable que el triunfo de la considerada izquierda electoral sirviera para revertir la perdida de derechos y los despojos infringidos por agentes del mercado actuantes dentro y fuera de las estructuras estatales durante los gobiernos del neoliberalismo. Ello parece posible solo mediante el fortalecimiento de lo público, la recuperación por parte del estado de los territorios y los recursos naturales y de tomar medidas para ejercer la soberanía e independencia nacional.

“Es deseable que el triunfo de la considerada izquierda electoral sirviera para revertir la pérdida de derechos y los despojos infringidos por agentes del mercado actuantes dentro y fuera de las estructuras estatales”

La falta de reformas fiscales progresivas, la carencia de mecanismos de planeación y la falta de disposición a disputar el territorio y los recursos suelen operar a favor del debilitamiento del estado como agente procurador de mayor igualdad y mejor distribución de la riqueza. Las medidas de austeridad y de trasferencias directas suelen ser mecanismos de contención de la pobreza extrema de ninguna manera sostenibles. Eventualmente este tipo de medidas serían incompatibles con muchos de los anhelos progresistas que se expresaron mediante el voto y el apoyo activo a López Obrador.

Estas posibles contradicciones se resolverán con el tiempo y el comportamiento de la sociedad y sus movimientos así como el empuje de muchas y muchos militantes en el gobierno podrán ser, sin duda, un factor de definición importante.

“Acabar con una cultura política tendiente a la incondicionalidad, al caudillismo, al electoralismo y al inmediatismo será importante para abordar esta nueva etapa de relaciones entre la sociedad y el gobierno”

Ahora bien, más allá de las disputas e incertidumbres en torno a la orientación de las políticas del próximo gobierno federal lo cierto es que la sociedad será atravesada por una reconfiguración en torno a su posicionamiento con respecto a este. Lo deseable sería que las discusiones se dirimieran en torno a nociones de largo plazo sobre lo que al país conviene y no sobre lo que cada quien pueda o podamos pensar sobre AMLO u otros personajes en el gobierno. Ideal sería que los diversos grupos de la sociedad muestren, mostremos, capacidad de un dialogo constructivo sobre los temas necesarios para garantizar los derechos de todas y todos y para mejorar las condiciones de desarrollo del país. Acabar con una cultura política tendiente a la incondicionalidad, al caudillismo, al electoralismo y al inmediatismo será importante para abordar esta nueva etapa de relaciones entre la sociedad y el gobierno.

El ambiente desencadenado por el triunfo de AMLO y Morena puede resultar funcional para las tentaciones autoritarias que promueven los cierres de filas en torno al gobierno así como para los grupos empresariales que pretenderán ampararse en la legitimidad del presidente para seguir aumentando sus campos de inversión y/o privilegios. Pero también debiera serlo para quienes desde campos populares aspiren a desencadenar procesos de organización y discusión que desde ahora se sumen a la disputa por el país y, también, comiencen a pensar en la continuidad y la profundización del impulso progresista expresado en el resultado electoral.

La debilidad de los Partido y su incapacidad para operar como mediadores entre lo político y lo social parece ser uno de los principales rasgos de la etapa. En el caso de la izquierda puede decirse que el PRD es un cuerpo secuestrado y estrangulado por una confederación de delincuentes que ahora no saben que hacer con él más que seguir cobrando por su imposible rescate. Por su lado, Morena ha a logrado su objetivo principal a cambio de sacrificar su proceso de institucionalización. Pretender solucionar sus ambigüedades mediante la formula de Partido – movimiento – gobierno no parece ser suficiente. Para ser un partido democrático tendrá que organizar su presencia en territorios, establecer mecanismos que den certeza a sus procesos de toma de decisiones, impedir la formación de corrientes corporativas en su interior y establecer una relación de apoyo al gobierno frente a los grupos de poder pero de critica ante lo que afecte a la sociedad. Definir sus mecanismos internos al tiempo de hacer gobierno parece complicado.

Ante esta situación la sociedad tiene grandes retos. Superada la etapa de mirar en función del posible triunfo de AMLO, toca construir un modelo de relación capaz de apoyar lo mismo que de exigir y protestar. Para ello es necesario asumir el reto de reconstruir las formas de organización social tanto como los horizontes de transformación.

Toca pensar como hacer que esta etapa del país con sus diversos actores se oriente democráticamente para lograr, por ejemplo, que el impulso dominante de lucha contra la corrupción se conecte con todas aquellas luchas que se movilizan contra toda forma de despojo y saqueo. Como hacer, pues, para tener un país que reconozco las distintas formas de lo común y tenga un estado fuerte para participar de manera digna en el contexto internacional, para contener y regular las formas de acumulación, para garantizar el ejercicio y exigibilidad de los derechos y democrático para propiciar y respetar las diversas formas de organización independiente de la sociedad.

“Es necesario asumir el reto de reconstruir las formas de organización social tanto como los horizontes de transformación”

En ningún sentido es ocioso seguir agrupándolos para continuar las discusiones sobre proyecto de país, proceso constituyente y nuevas formas de hacer política. Hacerlo no es ir en contra de lo que el próximo gobierno se proponga hacer para mejorar de manera real las condiciones de vida de la población, hacerlo es orientarnos a recomponer muchas de las rupturas que se forzaron para llegar hasta este punto y recomponer un horizonte programático y organizativo para las izquierdas.