Los vertiginosos acontecimientos relacionados con la disputa entre Grecia y las instancias económicas de la Unión Europea, merecen toda la frialdad posible. Merecen esperar para hacer juicios definitivos y, sobre todo, sumarios contra Alexis Tsipras.

Quienes de alguna manera nos dedicamos a la actividad y/o análisis político para promover una praxis transformadora, tenemos la obligación tanto de expresar nuestras posiciones de manera clara, vehemente y transparente como de reconocer todas las circunstancias y todos los factores que impactan su consecución. Más allá de la compartida decepción por el devenir de los acontecimientos en Grecia, me queda la sensación de que muchos de quienes apuntan sus baterías contra Tsipras lo hacen por catarsis o, peor aun, por mezquindad, en tanto ello favorece su posición político ideológica.

Interpretar lo sucedido en Grecia simple y llanamente como traición del gobierno griego no solo no pinta la película completa, promueve la ausencia de modelos de análisis integrales y, ya de paso, ahonda en la división y en la desesperanza más de lo que la situación, ciertamente de derrota, de por sí amerita.

En el campo de los estudios sobre procesos sociales han quedado ya rebasados los métodos que analizan el comportamiento de los actores solo en función de sus decisiones o, incluso, de lo dictado por las estructuras. Los comportamientos de los actores políticos y sociales se determinan por la interacción entre cada uno de ellos, con sus bagajes y marcos analíticos y los condicionamientos impuestos por los entornos que conforman el rompecabezas.

En esa línea, venir ahora a descubrir que el poder no está en los gobiernos nacionales es al menos una ingenuidad. Muchos de quienes luchan –me incluyo– contra el capitalismo también desde las instituciones, lo hacen sabiendo que el poder real radica en el capital financiero y en las potencias militares, pero consideran que la estructura estatal, construida a fuerza de disputas entre las nociones de salvaguardar la seguridad privada y la de redistribución en la lógica de estado de bienestar, puede ser útil para contener ciertos avances del capital. En todo caso, ésa y las vías con perspectivas autónomas y autogestivas constituyen los principales canales de lucha popular. Ambos han registrado victorias y derrotas, en ambos ha habido claudicaciones y errores tácticos. Ambos tienen que recuperar la capacidad de diálogo y encuentro. (Ver artículo de Wallerstein en La Jornada del domingo 12 de julio)

Tsipras, como muchos de los presidentes de América Latina, accedió al gobierno gracias a las heridas abiertas por las clases dominantes, a los resquicios provocados por los antecedentes de la misma crisis que ahora quizás no enfrentó de la mejor manera, pero enfrentó. Tsipras es un actor de la batalla contra la “Troika”, ubicarlo en la misma clase política que a Merkel o sus esbirros es recurrir a una falsedad. El griego actuó en el campo de la disputa. Una disputa que desde el principio se sabía épica y cuesta arriba. El referéndum fue una acción más del repertorio de acciones para esa disputa. La disposición del pueblo a votar “No”, incluso con los bancos cerrados y el sistema financiero al borde del colapso, fue de toda dignidad, pero nadie nunca dijo, ni hubiera tenido las razones para hacerlo, que el referéndum fuera vinculante, más allá de lo que como actos de presión suelen ser las grandes experiencias de movilización popular. Como ha dicho el mismo Tsipras: el voto por el “No”, no fue un voto por el colapso económico y el aislamiento geopolítico de Grecia. Coincido con Pablo Bustinduy, eurodiputado de Podemos, cuando afirma que “El referéndum convocado por el gobierno fue un gesto ejemplar que destapó las vergüenzas del resto de países”.

Tsipras optó por un camino que hiciera visible la aglutinación de fuerzas y pusiera la pedagogía popular al servicio de la discusión sobre economía, pero el factor de correlación de fuerzas aún cuenta y salió tremendamente derrotado, sumando una derrota parcial a la derrota estructural en cuyos márgenes da la batalla.

Claudicantes hay y ha habido muchos. Hay que denunciarlos y señalarlos. Los marcos institucionales impuestos por el capitalismo generan un sin fin de estímulos para que quien no tenga el blindaje ético suficiente se sienta atraído a corromperse. Pero de ahí a unificar esa interpretación cada que un político sufre una derrota en su disputa constituye un despropósito analítico. Para que fuera otra cosa, tendría que tenerse o la certeza del engaño o de la alternativa y en este caso no hay ninguna de las dos. Argumentar la salida del euro, más allá de fascinar por arrebato espectacular, en ningún sentido da herramientas para enfrentar la tragedia humanitaria. El mismo Yannis Varoufakis, si bien se opone al acuerdo, ha reconocido que Grecia no tendría cómo enfrentar la salida del Euro: “Se produciría un caos que no creo que tengamos la experiencia para manejarlo”, dijo al periódico El Mundo.

Errores tácticos seguro hubo. Reclamos y ajustes, habrá que aceptar los que vengan. En todo caso, Tsipras optó por evitar un colapso que dejaría en la miseria a gran parte de la población. El acuerdo alcanzado no asegura lo contrario pero mantiene las medidas humanitarias y abre, por escrito, la posibilidad de renegociar el pago de la deuda. Hasta ahí. Lo demás es, como dijo Juan Carlos Monedero, “terrorismo”.

Muchos de quienes condenan a Tsipras no fueron, como no fuimos nadie por que nuestra incapacidad es parte de la derrota, capaces de coadyuvar a mover la balanza mediante acciones de movilización y de solidaridad internacional que debilitaran a Merkel. Ni siquiera los gobiernos latinoamericanos levantaron la voz de manera enérgica. Ni siquiera hubo acciones globales. Prácticamente, solo Podemos y las izquierdas españolas generaron apoyos visibles, no suficientes.

Viendo hacia delante, el foco debiera estar en la primer Canciller alemana. Asumir el referéndum como una afrenta, la obsesión por la venganza, la humillación en la que pretende sumir al pueblo y al gobierno griegos, la confirman como la actualización del fascismo dispuesta al exterminio por distintas vías. Toca poner la mira en ella y movilizarse de todas formas y en todos lados contra ella, contra su política y contra la “austeridad”.

Es tiempo de dar el debate estratégico, parados en la realidad, señalando errores con humildad pero sin inventar “traidores” para nuestra catarsis o para beneficiar mezquinamente nuestras genuinas posiciones. Es hora, eso sí, de la lucha global contra las nuevas caras del fascismo europeo.

Publicado en Rompeviento.tv